A LA LUZ DE NUESTRA LÁMPARA (III) | Sagrada Familia de Urgell
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A LA LUZ DE NUESTRA LÁMPARA (III)

Reflexiones en tiempos de desierto:

Son las ocho de la tarde y rompo el silencio.

Son las ocho de la tarde. Rompo el silencio. Un silencio que durante el resto de las horas del día se hace escuchar, que, queriendo o no, me alimenta el pensar, me ayuda a pasar horas y me permite escuchar lo que antes no oía.  ¡Y son tantas las cosas que no oía!

El confinamiento, el tener que permanecer en casa, me ha encerrado y al mismo tiempo ha abierto muchas formas de observar mi día, mi pasión por quién y a qué amo; incluso el levantarme es distinto: doy gracias por el nuevo despertar con mucha más firmeza, dedicándole tiempo a este momento. Ya no se trata solo de un día más. Los días ya no son como antes: ahora empiezan y terminan en silencio, en recogimiento, teniendo presente a la familia, a los compañeros a los que hace días no toco, no abrazo, no beso. No hay tristeza en ello ¡no! Tengo viva la llama de la esperanza, hay espiritualidad, hay fe por saber del reencuentro físico, por saber que los conocidos, familiares de amigos y de vecinos que nos dejan en la solitud de un hospital o residencia, han encontrado un lugar donde, finalmente, descansar. Hay fe, también, en el mensaje de texto que mando; hay fe en la espera de una respuesta. Hay fe en tantas pequeñas cosas de mi día, antes insignificantes y ahora del todo necesarias. 

He cambiado. Estos ya más de quince días han ayudado a que me detenga a pensar, a improvisar, a redescubrir, a planear a corto plazo, a transmitir positividad y luz a mi familia, a mis compañeros de la escuela, a los jóvenes a quien enseño -que no deben estar muy tranquilos ante la novedad, la rapidez, la indiferencia con la que pasa y barre este virus-. Saldré, saldremos, y habremos crecido. Nos estamos ayudando a la vez aprendiendo que el mundo que conocemos será diferente. Daremos, y así somos los de nuestras escuelas, lo mejor de nosotros a nuestros alumnos.

Nos tienen y nos tendrán. Seguirán las puertas de despachos abiertas para acogerlos, para recibirlos, para abrazarlos, ayudarlos y quererlos. Así somos. 

 Son las ocho. Me asomo a la calle. Y rompo el silencio. Aplaudo y aplaudimos. Y en mi cara, en la de mis vecinos, aparece una sonrisa, contenida los primeros días, liberada ya en estos últimos. Nos preguntamos como estamos y escucho palabras positivas, de ánimo, de fuerza. Unos minutos y regresa el silencio. No hace daño, al contrario. Inspira. Me inspira. Nos ayudamos con pocas palabras. Y doy gracias a mi virgen querida, la Moreneta, Santa María de Montserrat, no tan sólo por lo vivido sino también por lo aprendido. 

 

                                                                                                                                             Josep Mayolas Ballester

                                                                                                                                        Sagrada Familia de El Masnou.

 

 



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