A LA LUZ DE NUESTRA LÁMPARA (IX) | Sagrada Familia de Urgell
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A LA LUZ DE NUESTRA LÁMPARA (IX)

Reflexiones en tiempos de desierto:

 

Desde Emaús

“No es sencillo soportar la incertidumbre. Todos vivimos de algún modo a la intemperie”.

Estas frases pertenecen a un artículo que, hace unos días un amigo del ámbito de la salud mental me compartió y que nos ayudó bastante a reflexionar sobre la realidad que nos toca transitar como personas, como humanidad. Sabemos que no estamos dentro de la “normalidad”, que no podemos seguir como “si nada sucediera”. Desde el mes de marzo escuchamos números alarmantes que nos golpean profundamente, sobre todo vinculados a personas ancianas, solas, abandonadas, vulnerables, lo cual nos lleva a pensar que no “todo va a estar bien” (slogan italiano durante el mes de marzo-abril), porque hay muchísimas situaciones que han afectado y trastocan la vida de los seres humanos: desde la experiencia inesperada de la enfermedad y la muerte, la soledad de no poder acompañar o ser acompañado hasta la pérdida de la estabilidad laboral, la chance peleada pero aún posible del pan diario en un trabajo en negro hasta el advenimiento del hambre. Aquí nos paramos delante de una opción clara: elegir el optimismo ausente de realismo y por tanto de capacidad de reflexión y acción concreta o la esperanza que avanza aún en medio de la tormenta, de la incertidumbre con conciencia de la situación y con capacidad de pensar caminos para avanzar, desde los más pequeños y cotidianos, hasta los que generan más compromiso, seguramente con pocas herramientas pero con conciencia. Si queremos “estar” tanto dentro (comunitariamente) como fuera (misión) la opción es sostener a toda costa la esperanza que pone su punto de partida en la realidad, como toda verdadera opción Evangélica.

Si bien sabemos perfectamente que la intemperie golpea absolutamente a los más vulnerables de forma indiscutible, todos nos hemos unido como seres humanos de algún modo a este entretejido de sentimientos de inseguridad general que saca fuera experiencias nuevas y diversas. Lo urgente en medio de esta tempestad desatada en primer lugar ha despertado la necesidad de cuidar y acompañar como una actitud natural, casi vinculada a la supervivencia. Acompañar en dos direcciones: “dentro”, procurar razonablemente todo lo que proteja y cuide la salud y la integridad de cada una de las hermanas como don de Dios, sobre todo de las más vulnerables, y por otro lado, acompañar “fuera”, con la gran pregunta de cómo seguir, qué hacer.

Las experiencias fueron y son emocionalmente muy intensas. Dimos lugar al llanto compartido, a la conmoción por el sufrimiento, a la preocupación por los nuestros, por las comunidades, la ansiedad por activar medidas de precaución que no sabíamos si nos librarían de “pegarnos un contagio” y también el pensamiento de crear algo que permitiera que esta nueva circunstancia nos impidiera caer y estar junto a los demás.

Luego del primer impacto, la solidaridad con muchísima buena voluntad de sortear obstáculos de todo tipo, siguió su curso. Y no hablo sólo de nuestras acciones solidarias como comunidad, sino de la fuerza de una red capaz de sostener el peso de la imposibilidad y encontrar huecos para poder recrear una acción de justicia y caridad hacia el prójimo que el Señor nos ha encomendado. Esto no es sólo una opción, sino que nos constituye. No es una propaganda ante un mundo cerrado sino que es lo que el Señor nos pide en el Evangelio: “Tuve hambre, tuve sed. Estaba desnudo, en la cárcel, forastero…”. Cuando todas las posibilidades se suman, se recrea algo a favor de los hermanos y, el Señor está allí presente. Posibilidades pequeñas, humildes, a nuestro alcance, con esfuerzo y cansancio, pero sin perder de vista que en este momento si no damos lo que podemos, muchos no podrán seguir adelante.

Al inicio y durante un tiempo, el ambiente general también se mezclaba con aplausos, cantos y cercanía: un pequeño “espacio de fiesta comunitaria” que alejara tanta confusión. Luego se fue apagando tras el peso de una cuarentena sin final, una crisis humanitaria y una situación económica límite.
Esto genera nuevos sentimientos no siempre fáciles de manejar. Y también comienzan a surgir las ideas de fondo de muchas medidas que se van asumiendo a nivel gobiernos, como la prioridad económica (que no es menor para vivir) pero con intereses mezquinos y oscuros que no dejan ver claro hasta que punto hay preocupación o seriedad ante lo vivido y cuál es el alcance de valoración de la vida de las personas frente a una economía que hasta el momento no busca el bien común.

¿Qué es lo que queda esencialmente para nosotras como personas, como discípulas de Jesús y como compañeras de Ana María en este tiempo? ¿Qué es lo que necesitamos redescubrir y sostener?  Por un lado la fraternidad humana, universal, sin intereses. La fraternidad de Jesús como cercanía que rompe cualquier impedimento, que se fija en la absoluta necesidad del otro de forma personal, empezando por su vida cotidiana, por su sustento, por sus preocupaciones y miedos, por sus deseos y esperanzas, por su interioridad. Que busca el modo de extender la mano. Esta vivencia del Evangelio del Señor genera intemperie porque nos desafía. Por otro lado, la necesidad de descubrir el gesto del Señor resucitado en Emaús. Jesús se acerca no desde el triunfalismo y el “aquí no ha pasado nada”. Jesús no es un optimista, es un resucitado lleno de esperanza que sabe de la realidad a fondo. Recoge el sufrimiento, las heridas, escucha, acompaña, “los camina” tanto a los acontecimientos como a los discípulos. No juzga. Vuelve hacia la experiencia de la cruz avanzando hacia la resurrección. Se hace amigo cercano. No apura procesos. Simplemente echa luz con su forma de “estar” porque les “ardía el corazón”. Y finalmente Jesús rompe estructuras fijas y entra en casa, se hace uno más y parte el pan. Durante este tiempo extraordinariamente el Señor nos ha visitado “en casa”.
¿Y el después? (que aún no sabemos cuándo y como será)… pero que desde ahora podemos comenzar a actuar porque Jesús nos desafía a “estar como Él”. El mundo sigue su curso; muchas personas poniendo en acción la generosidad de los bienes y de los medios, dándolo todo para salvar aunque sea a uno! Rescatando principios humanos fundamentales como el derecho a la vida, valor tan boicoteado en nuestro tiempo. Por otro lado, el poder no reflexiona sino que avanza incluso sobre las personas y su derecho a la integridad sin importar a quien hay que sacrificar para alcanzar objetivos óptimos. Todo puede convertirse simplemente en un número o en un porcentaje matemático.

En esta realidad: nosotros como seres humanos, como discípulos y como misioneros, como amigos de Ana María ¿Podemos hacer la diferencia?
Sí, desde Emaús. Caminando con el resucitado y dejando a Jesús entrar en casa.

María Constanza Mattera, SFU

Desde la Comunidad de Roma

 



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