ROMA: SIENDO VOZ DE QUIEN NO LA TIENE | Sagrada Familia de Urgell
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ROMA: SIENDO VOZ DE QUIEN NO LA TIENE

 

Esta primavera, en la bendición Urbi et Orbi, el Papa Francisco nos recordaba:

«Este no es tiempo del olvido. Que la crisis que estamos afrontando no nos haga dejar de lado a tantas otras situaciones de emergencia que llevan consigo el sufrimiento de muchas personas»

Nos toca a nosotros hoy, y especialmente como comunidad, presencia del Instituto y del carisma de Ana María en la Iglesia de la diócesis de Roma, con esfuerzo, lentamente y dando pasos conjuntos, intentar relatar los sufrimientos de quienes están en los márgenes de nuestra ciudad, no sólo inmersos en la pobreza sino además esclavizados, explotados, victimas de trata y de violencia extrema. Y, sobre todo, de aquellos que pierden la vida por el abandono de una sociedad de la cual formamos parte, que no es capaz de escuchar, que no logra ver, que no logra recoger con amor, que genera suficiente justificación para no defender la vida.

Y esta que ahora os contamos es la historia de María:

El día 4 de junio nos llega de parte de obispo auxiliar de Roma Giampiero Palmieri, Delegado para la Pastoral Social, un mensaje a todos los grupos que trabajamos con esta realidad: “el día 12 de mayo, aún en plena cuarentena María fue asesinada a golpes en un parque central de Roma que está rodeado de casas y edificios. María estaba en la trama de la prostitución”.
En esos días, lograron reconocerla, ponerle nombre y apellido, vincularla a una familia de origen, devolverle la dignidad personal. María ejercía la prostitución con casi cuarenta años y era de origen eslovaco. La situación vivida durante la pandemia la dejó sin posibilidad de ganar dinero para poderse sustentar y se vio empujada a vivir debajo de un árbol, el mismo lugar en el que perdió la vida.

El día 6 de junio, nos reunimos en el parque en el que fue asesinada muchos de los grupos que trabajamos pastoralmente con la trata de personas junto con el Obispo y  el representante político de ese barrio. Fue una manifestación pública pacifica, una primera visibilización de una problemática impune y el grito comunitario de que esto no puede volver a pasar. Al menos así lo deseamos y es nuestro compromiso.

En esta manifestación estábamos presente creyentes y no creyentes, católicos, evangélicos y musulmanes, todos unidos en una oración común y en un mismo sentimiento: la sensación de que, mientras estábamos cuidándonos en casa (legítimo obviamente), María vivía a la intemperie sin que nadie pudiera escuchar sus necesidades, su sufrimiento y en definitiva, sin poder cuidar o defender su vida. Y he aquí el punto crítico de la situación en su injusticia y marginalidad, ya que las oportunidades básicas no son en absoluto para todos y el discurso de que la pandemia nos hace iguales es un imaginario falso y preocupante. Hay que ser consciente de que el vulnerable se transforma aún más en invisible.

La oración nos renovó en la conciencia del valor de cada vida. El creyente y sobre todo el seguidor de Jesús sabe que cada nombre personal resuena en el corazón de Dios. María se hizo eco en todos nosotros: la sentimos hija, amiga, hermana, la descubrimos nuestra y se hizo presente la impotencia de no haberla “escuchado”.

 

Este año en el mensaje del Papa a los migrantes, Francisco, nos recuerda que en este tiempo de calles vacías y cerradas en el silencio, el grito de los sufrientes se hizo y se hace más patente.

Con esta mujer su grito se hizo patente cuando su vida se apagó dejándonos una herida en el alma y el compromiso necesario y urgente de caminar por los márgenes, estar atentos a quién necesita toda nuestra ayuda; la necesidad de acoger y abrir puertas para que otro pueda “estar en casa” y recuperar su dignidad maltratada, violentada. La necesidad de trabajar en conjunto para que no sea María la cadena de “muchas Marías abandonadas a su suerte”.

El 30 de junio despedimos a María en la Iglesia de Santa María en Trastevere. Ella murió sola y sin nombre pero pudimos acompañarla a la Casa donde el Amor curará todas las ausencias de nuestras injusticias y egoísmos, nombrándola, viendo su rostro y pidiéndole al Dios que no quiere la muerte sino la VIDA de sus hijos que nos
ayude a escuchar, a estar atentos, a dar pasos comprometidos sin excusas aunque excedan nuestras seguridades y prejuicios.

Desde la Comunidad de Roma- Julio 2020

 



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